
– Estaba orgullosa de ti, era evidente, Tanya.
– Se equivocaba, doctor Delaware. Sin ella yo no sería nada.
Echó una mirada rápida al reloj.
– Todavía tenemos tiempo -le dije.
– Esto es todo lo que tenía que contarle -se levantó de nuevo. Sacó del bolsillo un sobre blanco americano que me había traído. Se leía P. L. Bigelow en el membrete de la solapa, una dirección en la avenida Canfield. En el interior había una hoja doblada perfectamente en tres pliegues. Escrita a máquina, centrada.
Otras cuatro direcciones, cada una acompañada con la letra manuscrita de Tanya.
Avenida Cherokee, Hollywood. Vivimos cuatro años, desde que tenía tres hasta los cuatro.
Avenida Hudson, Hancock Park. Dos años, de los siete a los nueve más o menos.
Calle Cuarta, distrito de Wilshire. Un año, de los nueve a los diez.
Bulevar Culver, Culver. Dos años, de los diez a los doce, compramos el dúplex.
Había construido la cronología según su edad. Jugaba a ser adulta, pero su mundo se centraba en ella misma, como en los adolescentes.
– Puede que lo que pasara, fuera lo que fuera, sea relativamente reciente -dije.
Simulaba haberla creído.
– ¿En Canfield? No, aquí estaba todo muy tranquilo. Y yo ya era mayor cuando nos mudamos, me habría enterado si hubiese pasado algo en el vecindario. De todos modos, renuncio a cualquier confidencialidad, así que puede decirle todo lo que desee al detective Sturgis. Lo he dejado escrito aquí.
Sacó del bolso otro papel arrugado. Una nota manuscrita, redactada con un lenguaje rebuscado típico de la jerga legal de un amateur. Luego escribió un cheque, por la cantidad de una factura con descuento que le cobré a su madre diez años antes. Un veinte por ciento de lo que cobraría hoy en día.
– ¿Está bien así?
– Por supuesto.
Se dirigió hacia la puerta.
– Gracias, doctor Delaware.
