
Miró el reloj. Las cinco menos cuarto de la tarde. Alargó la mano como si quisiera sacar otro libro de poesía, pero una vez que deslizó los dedos en el viejo y mohoso maletín, buscó el diminuto gatillo de plástico que activaba el detonador. Lo apretó con cuidado, sosteniéndolo entre el pulgar y el anular para amortiguar el chasquido, retiró la mano y colocó un segundo libro sin abrir sobre la mesa, junto al primero. Acto seguido volvió a mirar el reloj, un modelo analógico de acero inoxidable con segundero, y anotó la hora exacta en que había activado el detonador.
Luego se volvió hacia el hombre de aspecto severo sentado a la mesa contigua, que lo miraba con el rostro lívido como si acabara de hacer una hora de gimnasia extenuante.
– ¿Podría decirme dónde está el servicio? -murmuró Maestro.
– ¿Qué? -cuchicheó el hombre de aspecto severo al tiempo que se doblaba la oreja violácea con el extremo de un lápiz amarillo mordisqueado.
– El servicio -repitió Maestro en voz un poco más alta, aunque aún susurrando.
El hombre apartó el lápiz, frunció de nuevo el entrecejo y señaló una puerta situada en la otra punta de la sala.
Maestro miró el reloj mientras atravesaba la estancia. Habían transcurrido cuarenta segundos. Apretó el paso al tiempo que se dirigía a la puerta, pero al cabo de cinco segundos oyó un estruendo ensordecedor, una especie de trueno, y sintió una ola de aire caliente que lo alzaba en volandas y lo lanzaba por la sala de lectura como si fuera una hoja muerta atrapada en un vendaval de otoño.
En Londres, una mujer alta que llevaba vaqueros, botas de montaña y cazadora de cuero negra se abría paso entre la muchedumbre que atestaba la acera de Brompton Road. Arrastraba una maleta con ruedas de nailon negro y asa rectangular. Su nombre en clave era Dama.
