
– Querría un pase para la sala de lectura -pidió, sustituyendo su marcado acento de West Belfast por un suave deje del sur.
El empleado le alargó el pase sin alzar la vista.
Maestro subió la escalera hasta el tercer piso, entró en la famosa sala de lectura y encontró un asiento vacío junto a un hombre de aspecto severo que olía a bolitas de alcanfor y aceite de linaza. Maestro abrió un bolsillo lateral del maletín, sacó un delgado volumen de poesía gaélica y lo dejó con delicadeza sobre la mesa tapizada de cuero antes de encender la lámpara de pantalla verde.
El hombre de aspecto severo alzó la mirada, frunció el entrecejo y volvió a concentrarse en su trabajo.
Durante algunos minutos, Maestro fingió enfrascarse en la lectura del libro mientras las instrucciones le cruzaban la mente como pesados anuncios grabados en una estación de ferrocarril. «El temporizador está puesto a cinco minutos -le había dicho uno de sus supervisores en la última reunión-. Suficiente para que salgas de la biblioteca, pero no para que los de seguridad puedan hacer algo aunque descubran el maletín.»
Mantuvo la cabeza baja y la mirada clavada en el texto. Cada pocos minutos levantaba la mano y garabateaba algunas notas en un pequeño cuaderno de espiral. Oía los pasos amortiguados a su alrededor, el rasgueo de los lápices y algunas toses discretas, consecuencia de la eterna humedad que imperaba en los inviernos de Dublín. Contuvo el deseo de mirar a aquellas personas; quería que permanecieran en el anonimato, que siguieran sin tener rostro para él. No tenía nada contra el pueblo irlandés, tan sólo contra su gobierno, y no le proporcionaba placer alguno derramar sangre inocente.
