
La lluvia que caía sobre Belfast y Escocia aún no había llevado al sur, y el cielo del atardecer aparecía despejado. Rosa y naranja al oeste, en dirección a Notting Hill y Kensington, negro azulado al este, sobre la City. El aire era desacostumbradamente cálido y pesado. Caminando a buen paso, Dama dejó atrás los llamativos escaparates de Harrods y esperó junto con otros muchos peatones a que el semáforo cambiara en el cruce de Hans Crescent.
Cruzó la pequeña calle, se abrió paso entre en grupo de turistas japoneses que se dirigían a Harrods y llegó a la estación de metro de Knightsbridge. Una vez allí titubeó un instante, contemplando la breve escalera que conducía al vestíbulo donde se vendían los billetes. Por fin empezó a descender, tirando de la maleta hasta que rodó por el primer escalón y cayó sobre el siguiente con un fuerte golpe.
Había bajado otros dos peldaños de aquella guisa cuando un joven de escaso cabello rubio se le acercó.
– Permítame que la ayude -se ofreció con una sonrisa galante. Hablaba con acento centroeuropeo o escandinavo. Sería alemán, holandés o tal vez danés. Dama vaciló. ¿Debía aceptar ayudar de un desconocido? ¿Resultaría más sospechoso rechazarla?
– Muchas gracias -accedió por fin con acento americano, pues había vivido muchos meses en Nueva York y podía prescindir de su acento norirlandés a voluntad-. Se lo agradezco mucho.
El joven cogió la maleta por el asa y la levantó.
– Por el amor de Dios, ¿qué lleva aquí dentro? ¿Piedras?
– Lingotes de oro robados -repuso ella; ambos se echaron a reír.
El joven cargó la maleta hasta el vestíbulo y la dejó en el suelo.
– Gracias otra vez -dijo Dama al tiempo que aferraba el asa.
Se volvió y echó a andar, percibiendo su presencia tras ella. Apretó el paso y miró ostentosamente el reloj para dar a entender que tenía prisa. Al llegar a las máquinas expendedoras de billetes encontró una desocupada. Introdujo tres libras y tres peniques en la ranura y pulsó el botón correspondiente. Su ayudante europeo apareció junto a ella y deslizó algunas monedas en otra máquina sin mirarla. Compró un billete de una libra diez, lo que significaba que efectuaría un trayecto corto, probablemente dentro del centro de Londres. Recogió el billete y se mezcló entre el gentío de la hora punta.
