
Dama cruzó el torniquete y bajó la larga escalera mecánica hasta el andén. Al cabo de un instante sintió una ráfaga de aire y oyó el estruendo de un tren que se aproximaba. Por increíble que pareciera, quedaban algunos asientos libres. Dejó la maleta junto a la puerta y se sentó. Cuando el tren llegó a Earl's Court, el vagón se había llenado de viajeros, y Dama había perdido de vista la maleta. El tren salió a la superficie y recorrió a toda velocidad los suburbios del oeste de Londres. Pasajeros exhaustos iban bajando a los andenes barridos por el viento de Boston Manor, Osterley y Hounslow East.
Cuando el tren estaba a punto de alcanzar la primera estación de Heathrow, la de la Terminal Cuatro, Dama echó un vistazo a los pasajeros sentados a su alrededor. Un par de jóvenes hombres de negocios ingleses que apestaban a prosperidad, un grupo de hoscos turistas alemanes, cuatro americanos vocingleros que intentaban decidir a gritos si era mejor la Miss Saigon de Londres o la de Broadway… Dama apartó la mirada.
Era un plan sencillo. Tenía instrucciones de apearse en la Terminal Cuatro y dejar la maleta en el tren. Antes de bajar debía pulsar el botón de un pequeño transmisor oculto en el bolsillo de su cazadora. El transmisor, disfrazado de control remoto de apertura de un coche de lujo japonés, armaría el detonador. Si el tren se atenía a su horario, la bomba estallaría pocos segundos después de llegar a la estación de las terminales Uno, Dos y Tres. Los daños ocasionados causarían grandes molestias a los viajeros durante meses, y las reparaciones costarían cientos de millones de libras.
