
El tren aminoró la velocidad al acercarse a la estación. La mujer se levantó y se acercó a la puerta cuando la negrura del túnel dio paso a la fría luz del andén. Cuando las puertas se abrieron, Dama pulsó el botón del transmisor para activar la bomba y se apeó un instante antes de que las puertas se cerraran de nuevo tras ella. Echó a andar con rapidez hacia la salida, y fue entonces cuando oyó unos golpes en la ventanilla del tren. Se volvió y vio a uno de los hombres de negocios ingleses golpeando el vidrio con el puño. Dama no oía lo que decía, pero sí pudo leerle los labios. «¡La maleta! -estaba gritando-. ¡Se ha dejado la maleta!»
Dama permaneció inmóvil. La expresión levemente preocupada del inglés se trocó en el horror más absoluto cuando se dio cuenta de que la mujer había dejado adrede la maleta en el tren. El joven se abalanzó sobre la puerta e intentó abrirla con las manos, pero aun cuando hubiera logrado llamar la atención de alguien y detener el tren, nada podría haberse hecho en un minuto y quince segundos para evitar la explosión.
Dama siguió el tren con la mirada; al cabo de unos segundos, cuando ya se volvía para marcharse, una detonación descomunal sacudió el túnel. El tren se separó de la vía, y una ráfaga de aire ardiente barrió a Dama. Instintivamente, se llevó las manos al rostro. Sobre su cabeza, el techo empezó a agrietarse. La ola de expansión de la bomba la levantó por los aires. Por un instante lo vio todo con espantosa claridad. El fuego, el cemento desmigajado, los seres humanos como ella atrapados en el feroz remolino de la explosión.
Todo acabó enseguida. No sabía a ciencia cierta cuándo terminó su caída. Había perdido la noción de la dirección, como un submarinista que hubiera pasado demasiado tiempo bajo el agua.
Lo único que sabía era que yacía sepultada bajo los escombros y que no podía respirar ni sentir parte alguna de su cuerpo. Intentó hablar, pero de su boca no brotó ningún sonido. La boca empezó a llenársele de sangre.
