
Sus pensamientos seguían fluyendo con claridad; se preguntó cómo era posible que los fabricantes de la bomba hubieran cometido semejante error, pero entonces, en los segundos previos a su muerte, se preguntó si realmente había sido un error.
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Londres
Una hora después de los ataques, los gobiernos de Londres y Dublín iniciaron una de las investigaciones criminales más espectaculares en la historia de las Islas Británicas. Las pesquisas británicas se coordinaban directamente desde Downing Street, donde el primer ministro, Tony Blair, se reunía de forma incesante con sus ministros clave y los jefes de la policía y los servicios de seguridad británicos. Poco antes de las nueve de la noche, el primer ministro salió del 10 de Downing Street y, bajo la lluvia, se situó ante los periodistas y las cámaras que lo esperaban para retransmitir sus comentarios al mundo entero. Un asistente intentó sostener un paraguas sobre la cabeza del primer ministro, pero Blair lo apartó con suavidad, y al cabo de unos instantes, su cabello y hombros quedaron empapados. Expresó su desesperación ante las sobrecogedoras consecuencias de los atentados, con sesenta y cuatro muertos en Heathrow, veintiocho en Dublín y dos en Belfast, y juró que su gobierno no descansaría hasta que los asesinos estuvieran en manos de la justicia.
En Belfast, los dirigentes de todos los partidos políticos importantes, tanto católicos como protestantes, tanto republicanos como lealistas, manifestaron su indignación. En público, los políticos se negaron a aventurar la afiliación de los terroristas hasta que se recabaran más datos; en privado, cada bando señalaba con el dedo al adversario. Todo el mundo llamaba a la calma, pero a medianoche numerosos jóvenes católicos se amotinaban a lo largo de Falls Road, y una patrulla del ejército británico se lió a tiros en la protestante Shankill Road.
