A primera hora del día siguiente, los investigadores habían hecho grandes progresos. En Londres, los expertos forenses y especialistas en explosivos concluyeron que la bomba había sido colocada en el sexto vagón del tren que viajaba en dirección a Heathrow, y calculaban que el artefacto contenía entre veinte y cuarenta kilos de Semtex. Los fragmentos de material hallados en las inmediaciones del lugar de la detonación indujeron a los investigadores a suponer que la bomba había sido depositada en el interior de una maleta de nylon negro, probablemente un modelo con ruedas. Al alba, numerosos agentes se apostaron a lo largo de la línea de metro Piccadilly, que iba desde Heathrow, al este, hasta Cockfosters, al noreste, e interrogaron a los viajeros en cada estación. La policía obtuvo trescientos informes de pasajeros que llevaban maletas en un tren de última hora de la tarde, cien de ellas con ruedas.

Quiso la suerte que un turista holandés llamado Jacco Krajicek acudiera poco antes de mediodía para declarar que había ayudado a una mujer a llevar una gran maleta de nylon negro con ruedas en la estación de metro de Knightsbridge a última hora de la tarde. Proporcionó una descripción meticulosa de su aspecto y la ropa que llevaba, pero fueron otros dos detalles los que picaron la curiosidad de los investigadores. La mujer había utilizado la máquina expendedora de billetes con la rapidez y destreza de una londinense que viaja en metro a diario, pero por lo visto no sabía que en la estación de Knightsbridge había una escalera, ya que de lo contrario ¿por qué habría llevado una maleta tan pesada? Hablaba con acento americano, explicó Krajicek, pero era falso. El inspector que contestó la llamada del holandés le preguntó cómo había llegado a esa conclusión. Krajicek repuso que era logopeda y lingüista, y que hablaba varias lenguas con fluidez.



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