
– Sí, creo que sí.
– Bien.
La comunicación se interrumpió.
Alan Ramsey, el productor ejecutivo, estaba sentado a su mesa con un teléfono pegado a cada oreja y un montón de guiones ante él. Ginger cruzó la redacción y se detuvo ante su mesa, agitando la mano para atraer su atención. El productor alzó la vista.
– Tengo a Belfast en una línea y a Dublín en la otra. Más vale que sea importante, joder.
– Lo es.
– Un momento -gritó a sus dos interlocutores telefónicos-. Habla -ordenó a Ginger.
– Acaba de llamar un hombre para reivindicar la autoría de los atentados.
– Será otro chiflado.
– No lo creo; parecía auténtico.
– ¿Has oído alguna vez a un terrorista auténtico?
– No, pero…
– Entonces, ¿cómo puedes estar tan segura?
– No sé cómo explicarlo… Mira, Alan, no sé cómo expresarlo, pero te juro que al oírlo me he cagado de miedo.
Ramsey alargó la mano, y Ginger le entregó el comunicado. El productor echó un vistazo a los garabatos, frunció el entrecejo y le devolvió el papel.
– Tradúcemelo, ¿quieres?
Ginger le leyó el texto.
– ¿Hablaba con acento? -inquirió Ramsey.
La joven asintió.
– ¿Irlandés?
– Irlandés del norte -precisó ella-. De West Belfast, diría yo.
– ¿Cómo lo sabes?
– Nací en Belfast y viví allí hasta los diez años. Una vez que se te mete ese acento en la cabeza, cuesta mucho olvidarlo.
El productor ejecutivo miró el gran reloj digital de la pared. Quedaban diez minutos para salir en antena.
– ¿Cuánto tiempo tardarás en mecanografiar esto?
– Unos quince segundos.
– Pues tienes diez.
– Vale -repuso Ginger antes de sentarse frente a un ordenador.
