
Kyle Blake siguió con atención la primera noticia del noticiario de las nueve:
Hace unos instantes, la BBC ha recibido la llamada de un grupo protestante que se hace llamar Brigada de Liberación del Ulster. Dicha organización se opone al acuerdo de paz de Viernes Santo, reivindica la autoría de los atentados y jura proseguir con su campaña de terror hasta que el acuerdo quede sin vigencia.
No le hacía falta seguir escuchando, de modo que se dirigió hacia una puerta abierta que daba al desaliñado jardín y se fumó uno de los innumerables cigarrillos que consumía a diario. El aire olía a hierba húmeda. Blake arrojó la colilla a un parterre de flores conquistado por las malas hierbas y escuchó los comentarios de un experto en Irlanda del Norte de la Universidad de Londres. Acto seguido cerró la puerta y apagó el televisor.
Entró en la cocina e hizo algunas llamadas mientras su mujer, con la que llevaba casado veinte años, fregaba los platos de la cena. Rosemary sabía lo que hacía su marido, pues entre ellos no había más secretos que los detalles operativos de sus misiones, de modo que las conversaciones cifradas se le antojaban lo más normal del mundo.
– Voy a salir.
Rosemary descolgó una bufanda de un gancho y se la anudó al cuello mientras le escudriñaba el rostro como si lo viera por primera vez. Era un hombre menudo, apenas más alto que Rosemary, y el tabaquismo lo había dejado flaco como un corredor de fondo. Tenía los ojos grises, penetrantes y muy hundidos en un rostro de pómulos prominentes y cadavéricos. Su delgadez ocultaba un cuerpo de inmensa fuerza. Al abrazarlo, Rosemary percibió los músculos tensos en sus hombros y espalda.
