– Ten cuidado -le susurró al oído.

Blake se puso un abrigo y la besó en la mejilla.

– Cierra con llave y no me esperes levantada.


Kyle Blake era impresor de profesión, y el único vehículo de la familia, una pequeña furgoneta Ford, llevaba escrito en el costado el nombre de su taller de Portadown. Movido por la costumbre examinó los bajos de la furgoneta para asegurarse de que no habían colocado explosivos antes de ponerse al volante y arrancar. Atravesó la barriada de Brownstown. El rostro gigantesco de Billy Wright, el fanático asesino protestante asesinado por tiradores católicos en la penitenciaría de Maze, lo miraba desde la fachada lateral de una casa. Blake mantuvo la mirada fija ante sí, dobló por Armagh Road y siguió a un camión blindado británico hacia el centro de Portadown.

Sintonizó Radio Ulster, que retransmitía un boletín especial sobre el comunicado de la Brigada de Liberación del Ulster. La Real Jefatura de Policía del Ulster había declarado el estado de alerta en los condados de Antrim y Down, y advertido a los conductores que se formarían atascos a causa de los controles de carretera. Otros lugares emiten boletines sobre el estado del tráfico, se dijo Kyle Blake. En el Ulster tenemos estados de alerta. Apagó la radio y escuchó el golpeteo rítmico de la lluvia sobre los parabrisas.

Kyle Blake no había ido a la universidad, pero era un estudioso de la historia de Irlanda del Norte. Le entraba la risa cuando leía que los disturbios en la provincia habían empezado en 1969; protestantes y católicos llevaban siglos matándose en el norte del condado de Armagh. Habían nacido y caído imperios, se habían librado dos guerras mundiales, el hombre había ido a la luna y regresado, pero poco había cambiado en los armoniosos valles y colinas que serpenteaban entre los ríos Bann y Callon.

Los orígenes de Kyle Blake se remontaban al siglo XVII en el condado de Armagh.



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