
«Lo hago por vosotros. Lo hago por Dios y por el Ulster.»
Sacó la Walther, apuntó al guardaespaldas y apretó el gatillo dos veces antes de que el hombre pudiera sacar su arma de la sobaquera que llevaba bajo el chubasquero. Los disparos lo alcanzaron en la parte superior del pecho, y de inmediato se desplomó sobre la acera empapada.
Oveja Negra giró el brazo y apuntó el arma hacia el rostro de Eamonn Dillon. Titubeó un instante. No podía hacerlo, no en la cara. Bajó el arma y apretó el gatillo dos veces.
Las balas perforaron el corazón de Dillon.
El hombre cayó de espaldas sobre la acera, con un brazo atravesado sobre el pecho ensangrentado de su guardaespaldas. Oveja Negra oprimió el cañón de la Walther contra la sien de Dillon y apretó el gatillo una vez más.
La segunda acción tenía lugar en ese preciso instante a ciento cincuenta kilómetros al sur de Belfast, en Dublín, donde un hombre menudo cojeaba por un sendero de St. Stephen's Green bajo una lluvia incesante. Su nombre en clave era Maestro. Cualquiera podría haberlo tomado por un estudiante de la cercana institución de Trinity College, y eso era exactamente lo que pretendía. Llevaba una americana de tweed con el cuello subido y pantalones de pana tan gastados que brillaban. Tenía los ojos oscuros y la barba desaliñada de un musulmán devoto, cosa que no era. En la mano derecha transportaba un maletín rectangular y voluminoso, tan viejo que olía a humedad en lugar de a cuero.
Tomó Kildare Street, pasó ante la entrada del hotel Shelbourne, adornada con estatuas de princesas nubias y sus esclavos, y agachó la cabeza al cruzarse con un grupo de turistas que se dirigían a tomar el té en el salón Lord Mayor.
Cuando llegó a Molesworth Street le resultaba casi imposible fingir que el maletín que pendía de su mano derecha no era extraordinariamente pesado. Los músculos del hombro le ardían, y sentía las axilas empapadas en sudor. La Biblioteca Nacional se alzaba ante él. Entró a toda prisa, atravesó el vestíbulo principal y pasó ante una vitrina que exhibía varios manuscritos de Bernard Shaw. Cambió el maletín a la mano izquierda y abordó al empleado.
