
Paradójicamente, ella se había sentido aliviada: su cuerpo estaba intacto. El diagnóstico no era más tranquilizador, pero al menos tampoco era definitivo.
– La tetraplejia es irreversible -añadió Lauren-. En los casos de coma profundo siempre hay una esperanza, aunque sea mínima.
Las semanas habían transcurrido lentamente, cada vez más lentamente. Ella las vivía recluida en sus recuerdos y pensando en otros lugares. Una noche, pensando en la vida que bullía al otro lado de la puerta de su habitación, había imaginado el pasillo, con las enfermeras cargadas de historiales clínicos o empujando un carrito, en sus compañeros yendo y viniendo de una habitación a otra…
– Y entonces sucedió por primera vez: me encontré en medio de ese pasillo en el que pensaba con tanta intensidad. Al principio creí que la imaginación estaba gastándome una jugarreta, pues conozco bien el lugar, es el hospital donde trabajaba. Pero la situación resultaba sobrecogedora de tan real. Veía al personal a mi alrededor: Betty abría un armario, sacaba unas compresas y volvía a cerrarlo; Stephan pasaba frotándose la cabeza… Tiene un tic nervioso, lo hace constantemente.
Había oído las puertas del ascensor, percibido el olor de las comidas que le llevaban al personal de guardia. Nadie la veía; la gente pasaba por su lado sin siquiera intentar esquivarla, totalmente ajena a su presencia. Luego se había sentido cansada y había regresado a su cuerpo.
Durante los días siguientes aprendió a desplazarse por el hospital. Pensaba en el comedor, y un instante después se encontraba allí; pensaba en la sala de urgencias, y allí estaba. Después de tres meses de ejercicios, había logrado alejarse del recinto hospitalario. Había compartido una cena con una pareja de franceses en uno de sus restaurantes preferidos, había visto media película en un cine, y había pasado unas horas en casa de su madre.
