
Introdujo los dedos entre las láminas de madera de la persiana para inclinarlas, se quitó el camisón blanco de algodón, lo dejó en el suelo y se metió en la ducha. El potente chorro de agua templada acabó de despertarla.
Al salir de la ducha se enrolló una toalla alrededor de la cintura, dejando las piernas y los pechos al aire.
Hizo un mohín frente al espejo y se decidió por un maquillaje ligero. Se puso unos vaqueros y un polo, se quitó los vaqueros, se puso una falda, se quitó la falda y volvió a ponerse los vaqueros. Sacó del armario una bolsa de lona, metió algunas prendas y el neceser, y consideró que ya estaba preparada para comenzar el fin de semana. Al volverse, vio el desorden reinante -ropa por el suelo, toallas desperdigadas, cacharros en el fregadero, la cama deshecha- y dijo en voz bien alta, con determinación, dirigiéndose a todos los objetos del lugar:
– ¡Ni una palabra! ¡Ni rechistar! ¡Mañana volveré pronto y os arreglaré para toda la semana!
Luego tomó papel y bolígrafo y redactó una nota, antes de pegarla a la puerta del frigorífico con un gran imán en forma de rana.
