Abrió la ventana de par en par. La ciudad se hallaba sumida en el silencio; tan sólo las sirenas de los cargueros con destino a China, mezcladas con los gritos de las gaviotas, acompasaban la languidez de la mañana. Se estiró de nuevo y atacó con apetito el pantagruélico desayuno. La noche anterior no había cenado por falta de tiempo. Tres veces había intentado comerse un sandwich, pero las tres veces había sonado el busca, reclamándola para que atendiera otra urgencia. Cuando conocía a alguien y le preguntaba a qué se dedicaba, ella respondía invariablemente: «A correr.» Tras haber devorado buena parte del festín, dejó la bandeja en el fregadero y se dirigió al cuarto de baño.

Introdujo los dedos entre las láminas de madera de la persiana para inclinarlas, se quitó el camisón blanco de algodón, lo dejó en el suelo y se metió en la ducha. El potente chorro de agua templada acabó de despertarla.

Al salir de la ducha se enrolló una toalla alrededor de la cintura, dejando las piernas y los pechos al aire.

Hizo un mohín frente al espejo y se decidió por un maquillaje ligero. Se puso unos vaqueros y un polo, se quitó los vaqueros, se puso una falda, se quitó la falda y volvió a ponerse los vaqueros. Sacó del armario una bolsa de lona, metió algunas prendas y el neceser, y consideró que ya estaba preparada para comenzar el fin de semana. Al volverse, vio el desorden reinante -ropa por el suelo, toallas desperdigadas, cacharros en el fregadero, la cama deshecha- y dijo en voz bien alta, con determinación, dirigiéndose a todos los objetos del lugar:

– ¡Ni una palabra! ¡Ni rechistar! ¡Mañana volveré pronto y os arreglaré para toda la semana!

Luego tomó papel y bolígrafo y redactó una nota, antes de pegarla a la puerta del frigorífico con un gran imán en forma de rana.



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