Mamá:

Gracias por ocuparte de la perra. No se te ocurra ordenar nada. Lo haré yo cuando vuelva.

Pasaré directamente por tu casa para buscar a Kali el domingo hacia las cinco. Te quiero.

Tu doctora preferida.


Se puso el abrigo, acarició con ternura la cabeza de la perra, la besó en la frente y salió de casa.

Bajó los peldaños de la gran escalera, pasó por el exterior para ir hasta el garaje y se metió de un salto en el viejo descapotable.

– ¡Me voy! ¡Me voy! -se repetía-. No puedo creerlo, es un verdadero milagro. Lo único que falta es que tú te dignes arrancar. Como se te ocurra toser una sola vez, prepárate: te ahogo en jarabe antes de llevarte al desguace y te cambio por un coche nuevo completamente electrónico, sin estárter y sin achaques cuando hace frío por la mañana. ¿Lo has entendido bien? Espero que sí. ¡Contacto!

Al viejo inglés debió de impresionarle enormemente la convicción con que su dueña pronunció aquellas palabras, pues su motor se puso en marcha al primer giro de llave. Se anunciaba un hermoso día.

2

Lauren arrancó lentamente para no despertar al vecindario. Green Street es una bonita calle bordeada de árboles y casas. Los que viven allí se conocen unos a otros, como en los pueblos. Seis cruces antes de llegar a Van Ness, una de las grandes arterias que atraviesan la ciudad, cambió de marcha y aceleró. Una luz clara, que se iba tiñendo de color a medida que transcurrían los minutos, despertaba poco a poco las perspectivas deslumbrantes de la ciudad. El coche circulaba a bastante velocidad por las calles desiertas. Lauren saboreaba la embriaguez del momento. Las cuestas de San Francisco son particularmente propicias para experimentar una sensación de vértigo.

Giro cerrado en Sutter Street. Ruido y golpeteo en la dirección.



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