Paul le pidió que no fuera a la reunión que tenían un rato más tarde para firmar un contrato. Conseguiría que lo perdieran.

– Creo que no te das cuenta de tu estado. Das miedo.

Arthur se levantó mosqueado, agarró la cartera y se dirigió hacia la puerta.

– De acuerdo, doy miedo, tengo cara de alucinado, así que me voy a mi casa. Aparta, déjame salir. ¡Vámonos, Lauren!

– Eres un genio, Arthur, tu representación es increíble.

– No estoy haciendo ninguna representación, Paul. Lo que pasa es que tú tienes una mente demasiado…, ¿cómo lo diría?…, una mente demasiado convencional para imaginar lo que estoy viviendo. No te culpo, desde luego; la verdad es que yo he evolucionado mucho en ese sentido desde anoche.

– Pero ¿te das cuenta de qué historia me has contado? ¡Es sensacional!

– Sí, tú lo has dicho. Oye, no te preocupes por nada. Me parece perfecto que vayas a la firma solo. Realmente he dormido poco, así que me voy a descansar. Te lo agradezco. Vendré mañana y todo irá mucho mejor.

Paul lo invitó a tomarse unos días libres, por lo menos hasta el fin de semana; una mudanza siempre resulta agotadora. Le ofreció sus servicios durante el fin de semana por si necesitaba algo, fuera lo que fuera. Arthur le dio las gracias con ironía, salió del estudio y bajó la escalera. Al salir del edificio, buscó a Lauren en la acera.

– ¿Está aquí?

Lauren apareció sentada sobre el capó de su coche.

– Le estoy creando un montón de problemas, lo siento muchísimo.

– No, no lo sienta. Después de todo, no hago esto desde hace la tira de tiempo.

– ¿El qué?

– Novillos. ¡Todo un día laborable sin dar golpe!

Desde la ventana, Paul, con el entrecejo fruncido, miraba a su socio hablar solo por la calle, abrir sin ninguna razón la portezuela del lado del acompañante y cerrarla de inmediato, dar la vuelta al coche y sentarse al volante. Aquello lo convenció de que su mejor amigo sufría una depresión causada por el estrés o que había tenido una conmoción cerebral.



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