
Arthur, instalado en su asiento, apoyó las manos en el volante y suspiró. Luego miró fijamente a Lauren, sonriendo en silencio. Ella, sintiéndose violenta, le devolvió la sonrisa.
– Es irritante que lo tomen a uno por loco, ¿verdad? ¡Y gracias que a usted no lo han tratado de puta!
– ¿Por qué? ¿Ha sido confusa mi explicación?
– No, en absoluto. ¿Adonde vamos?
– A tomar un buen desayuno. Y mientras, usted me lo contará todo con detalle.
Paul seguía vigilando desde la ventana del despacho a su amigo, metido en el coche que tenía aparcado delante de la puerta del edificio. Cuando lo vio hablar solo, dirigiéndose a un personaje invisible e imaginario, decidió llamarlo al teléfono móvil.
En cuanto Arthur contestó, le pidió que no se marchara, que bajaba de inmediato, que tenía que hablar con él.
– ¿De qué? -preguntó Arthur.
– ¡Para eso voy a bajar!
Paul se precipitó escaleras abajo, cruzó el patio y, al llegar ante el automóvil, abrió la puerta del conductor y se sentó prácticamente sobre las rodillas de su mejor amigo.
– ¡Córrete!
– ¡Pero sube por el otro lado, zoquete!
– ¿Te importa que conduzca yo?
– No entiendo nada. ¿Vamos a hablar, o a ir a algún sitio?
– Las dos cosas. Venga, cambia de asiento.
Paul empujó a Arthur, se puso al volante e hizo girar la llave de contacto. El coche se alejó de la zona de aparcamiento. Al llegar al primer cruce, frenó bruscamente.
– Una cuestión previa: ¿tu fantasma va en el coche con nosotros en este momento?
– Sí. En vista de tu caballerosa forma de entrar, se ha sentado en el asiento posterior.
Paul abrió entonces la puerta de su lado, bajó del coche e inclinó el respaldo del asiento.
– Sé bueno -le dijo a Arthur-, pídele a Casper que se baje y nos deje solos. Necesito mantener una conversación contigo en privado. ¡Ya os veréis en tu casa!
