
Lauren apareció en la ventanilla del lado del acompañante.
– Ven a buscarme a North-Point -dijo-, voy a pasear por allí. Oye, si es muy complicado, no hace falta que le digas la verdad. No quiero ponerte en una situación comprometida.
– Es mi socio y mi amigo, no puedo mentirle.
– ¡Adelante, habla de mí con la guantera! -repuso Paul-. Anoche, sin ir más lejos, yo abrí la nevera y, al ver que había luz, entré y me pasé media hora hablando de ti con la mantequilla y una lechuga.
– ¡No estoy hablando de ti con la guantera sino con ella!
– ¡Muy bien, pues pídele a lady Casper que vaya a plancharse la sábana para que nosotros podamos hablar un poco!
Lauren desapareció.
– ¿Se ha ido ya el fantasma? -preguntó Paul, un poco nervioso.
– ¡No es «el», es «la»! Sí, se ha marchado. ¡Qué grosero eres! ¿A qué juegas?
– ¿Que a qué juego? -respondió Paul, haciendo una mueca. Volvió a arrancar-. A nada. Quería que estuviéramos solos, simplemente; tengo que hablarte de cosas personales.
– ¿De qué cosas?
– De los efectos secundarios que a veces aparecen varios meses después de haberse separado.
Paul soltó un rollo interminable: Carol-Ann no estaba hecha para él; en su opinión, esa mujer le había hecho sufrir mucho para nada y, además, no valía la pena; no era más que una desgraciada; apeló a su honradez para que reconociese que Carol-Ann no merecía que él viviera en el estado en que había vivido desde su separación; desde Karine, nunca había estado tan hundido. En el caso de Karine, lo entendía, pero en el de Carol-Ann, francamente…
Arthur le señaló que en la época de la famosa Karine tenían diecinueve años, y además él nunca había flirteado con ella. ¡Llevaba veinte años hablándole de aquella chica, simplemente porque la había visto primero! Paul negó haberla mencionado siquiera.
