
– ¡Como mínimo, dos o tres veces al año! -replicó Arthur-. Yo la tengo metida en el baúl de los recuerdos. ¡Ni siquiera consigo acordarme de su cara!
Paul comenzó a gesticular, súbitamente exasperado.
– Pero ¿por qué no has querido decirme nunca la verdad? Confiésalo, cabezota, reconoce que saliste con ella. ¡Puesto que hace veinte años, como bien dices, ya ha prescrito!
– ¡Me estás hartando, Paul! Supongo que no habrás bajado corriendo del despacho ni estaremos cruzando la ciudad porque de repente te han entrado ganas de hablarme de Karine Lowenski… Y por cierto, ¿adónde vamos?
– ¡No te acuerdas de su cara, pero no has olvidado su apellido!
– ¿Era ésa la cosa tan importante de la que querías hablarme?
– No, quiero hablarte de Carol-Ann.
– ¿Por qué quieres hablarme de ella? Es la tercera vez que la sacas a relucir desde esta mañana. No he vuelto a verla y no nos hemos telefoneado. Si estás preocupado por eso, no merece la pena que vayamos con mi coche hasta Los Ángeles, porque, no es por nada, pero acabamos de atravesar el puerto y estamos ya en South-Market. ¿Qué pasa? ¿Te ha invitado a cenar?
– ¿Cómo se te puede ocurrir que quiera cenar con Carol-Ann? En la época en la que estabais juntos ya me costaba hacerlo, y eso que tú estabas a la mesa…
– Entonces, ¿de qué se trata? ¿Por qué me haces atravesar media ciudad?
– Por nada, para que hablemos.
– ¿De qué?
– ¡De ti!
Paul giró a la izquierda y entró en el aparcamiento de un gran edificio de cuatro pisos con las paredes recubiertas de azulejos blancos.
– Paul, sé que esto va a parecerte una cosa de locos, pero de verdad que he conocido a un fantasma…
– Arthur, sé que esto va a parecerte una cosa de locos… pero voy a llevarte de verdad a que te hagan una revisión médica.
Arthur volvió bruscamente la cabeza y miró el frontispicio que adornaba la fachada delantera del inmueble.
