
– ¿Me has traído a una clínica? ¿Va en serio? ¿Es que no me crees?
– ¡Claro que te creo! Y te creeré todavía más cuando te hayan hecho un escáner.
– ¿Quieres que me hagan un escáner?
– Escúchame bien, calamidad. Si yo llego un día al estudio con cara de haber estado un mes embutido en una escalera mecánica, monto en cólera cuando habitualmente nunca pierdo los estribos, me ves desde la ventana andando por la acera con un brazo levantado formando un ángulo de noventa grados, después abrirle la portezuela del coche a un pasajero que no existe, y no contento con el efecto provocado, sigo hablando y gesticulando dentro del coche como si me dirigiera a alguien pero sin que haya nadie, nadie de nadie, y la única explicación que te doy es que acabo de conocer a un fantasma, espero que en ese caso estés tan preocupado por mí como yo lo estoy por ti en estos momentos.
Arthur esbozó una sonrisa.
– Cuando la vi en el armario, creí que se trataba de una broma tuya.
– Acompáñame. Necesito tranquilizarme.
Arthur se dejó llevar del brazo hasta el vestíbulo de la clínica. La recepcionista los siguió con la mirada. Paul instaló a Arthur en una silla y le ordenó que no se moviera. Se comportaba con él como si se tratara de un niño travieso que fuera a desaparecer de su vista en cualquier momento. Luego se acercó al mostrador y abordó a la joven.
– ¡Es una urgencia! -dijo elevando la voz y modulando exageradamente para que quedara bien claro.
– ¿De qué tipo? -preguntó ella en los mismos términos aunque con cierta impertinencia en la voz, mientras que el tono que Paul había empleado revelaba claramente su impaciencia y su nerviosismo.
– ¡Del tipo que está sentado allí, en aquel sillón!
– Le estoy preguntando de qué naturaleza es la urgencia.
– Traumatismo craneal.
– ¿Cómo ha ocurrido?
– El amor es ciego y no para de darle bastonazos en la cabeza y, claro, al final eso acaba por destrozarlo.
