Bajada abrupta hacia Union Square. Son las seis y media, el casete reproduce una música a grito pelado. Hace mucho tiempo que Lauren no se siente tan feliz. Se ha quitado de encima el estrés, el hospital, las obligaciones. Se anuncia un fin de semana completo para ella y no hay que perder ni un minuto. Union Square está tranquila. Unas horas más tarde, las aceras rebosarán de gente de la ciudad y de turistas que van de compras a los grandes almacenes situados en la plaza. Pasará un tranvía tras otro, los escaparates estarán iluminados, se formará una larga cola de coches en la entrada del aparcamiento central enterrado bajo los jardines, donde grupos de música cambiarán acordes y canciones por centavos y dólares.

Mientras tanto, en ese instante temprano reina la calma. Los escaparates están apagados, algunos vagabundos duermen todavía en los bancos. El guarda del aparcamiento echa un sueño en la garita. El Triumph engulle el asfalto al ritmo de los impulsos del cambio de marchas. Los semáforos están en verde, Lauren reduce a segunda para girar mejor en Polk Street, una de las cuatro calles que bordean la plaza ajardinada. Embriagada, con un pañuelo en la cabeza, empieza a girar delante de la inmensa fachada del edificio de Macy's. Una curva perfecta, los neumáticos chirrían ligeramente, se suceden los golpeteos, todo va muy deprisa, los golpeteos se confunden, se mezclan, discuten.

¡Un chasquido repentino! El tiempo se detiene. Ya no hay diálogo entre la dirección y las ruedas, la comunicación se ha interrumpido definitivamente. El coche se va hacia un lado y derrapa en la calzada todavía húmeda. El rostro de Lauren se crispa. Sus manos se agarran al volante, que se ha vuelto dócil y acepta girar sin fin en un vacío que compromete el resto del día. El Triumph continúa patinando, el tiempo parece tomárselo con calma y estirarse de repente como en un largo bostezo. A Lauren le da vueltas la cabeza; en realidad es el decorado lo que gira alrededor de ella a una velocidad increíble.



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