El coche se cree que es una peonza. Las ruedas chocan brutalmente contra la acera, el morro se levanta y besa una boca de incendios. El capó sigue elevándose hacia el cielo. El coche gira sobre sí mismo en un último esfuerzo y expulsa a la conductora, pues resulta demasiado pesada para esa pirueta que desafía las leyes de la gravedad. El cuerpo de Lauren sale despedido por los aires y se estrella contra la fachada del gran almacén. El inmenso escaparate estalla y se esparce hecho añicos. La sábana de vidrio acoge a la joven, que rueda por el suelo y luego se detiene, con la cabellera revuelta entre los trozos, mientras el viejo Triumph acaba su carrera tumbado boca arriba, con parte de él sobre la acera. Un poco de vapor escapa de sus entrañas y exhala el último suspiro, su último capricho de viejo inglés.

Lauren está inerte. Descansa plácidamente. Sus facciones están serenas, su respiración es lenta y regular. En la boca, ligeramente abierta, podría descubrirse una leve sonrisa; tiene los ojos cerrados, como si estuviera dormida. Los largos cabellos le enmarcan el rostro; la mano derecha está apoyada en el vientre.

En la garita, el guarda del aparcamiento pestañea. Lo ha visto todo, «como en el cine», pero allí «era de verdad», dirá. Se levanta, sale corriendo, cambia de opinión y vuelve sobre sus pasos. Descuelga febrilmente el teléfono y marca el 911. Pide ayuda, y la ayuda se pone en marcha.


El comedor del San Francisco Hospital es una gran estancia con el suelo de baldosas blancas y las paredes pintadas de amarillo. Una multitud de mesas rectangulares de fórmica están dispuestas a lo largo de un pasillo central que conduce a las máquinas de bebidas y de comida envasada al vacío. El doctor Philip Stern dormitaba tendido sobre una de las mesas, con una taza de café frío en la mano. Un poco más lejos, su compañero se balanceaba en una silla con la mirada perdida en el vacío. En el fondo de uno de sus bolsillos sonó el busca. Abrió un ojo y miró el reloj refunfuñando; faltaba apenas un cuarto de hora para que acabara la guardia.



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