
Lauren está inerte. Descansa plácidamente. Sus facciones están serenas, su respiración es lenta y regular. En la boca, ligeramente abierta, podría descubrirse una leve sonrisa; tiene los ojos cerrados, como si estuviera dormida. Los largos cabellos le enmarcan el rostro; la mano derecha está apoyada en el vientre.
En la garita, el guarda del aparcamiento pestañea. Lo ha visto todo, «como en el cine», pero allí «era de verdad», dirá. Se levanta, sale corriendo, cambia de opinión y vuelve sobre sus pasos. Descuelga febrilmente el teléfono y marca el 911. Pide ayuda, y la ayuda se pone en marcha.
El comedor del San Francisco Hospital es una gran estancia con el suelo de baldosas blancas y las paredes pintadas de amarillo. Una multitud de mesas rectangulares de fórmica están dispuestas a lo largo de un pasillo central que conduce a las máquinas de bebidas y de comida envasada al vacío. El doctor Philip Stern dormitaba tendido sobre una de las mesas, con una taza de café frío en la mano. Un poco más lejos, su compañero se balanceaba en una silla con la mirada perdida en el vacío. En el fondo de uno de sus bolsillos sonó el busca. Abrió un ojo y miró el reloj refunfuñando; faltaba apenas un cuarto de hora para que acabara la guardia.
