Kat iba a contestar, pero se contuvo.

– Pregúntale a Noel.

– En otras palabras: no me lo dirás -murmuró él-. Mataré a ese mequetrefe. Tengo entendido que es un malandrín, ¿verdad?

– Pregúntaselo a tu hija -porfió Kat con una risilla.

– Te lo pregunto a ti. Por favor, ayúdame -Mick no supo por qué había dicho eso, pero ya era tarde para rectificar-. No te estoy pidiendo que resuelvas mis problemas, pero hay veces en las que agradecería poder hablar con algún, recibir consejos. Consejos de una mujer.

Kat negó con la cabeza con rapidez, con demasiada rapidez.

– Soy la última persona que te podría aconsejar. No sólo no tengo hijas, sino que nunca he tratado a ninguna niña. Mis opiniones no cuentan.

– Pero eres mujer. Y mis hijas te admiran. Se pasan la vida repitiendo lo que les dices. Tú debes saber más que yo sobre cuestiones de tu propio sexo.

Kat lo miró de una manera que él no supo interpretar. Apareció en sus ojos una calidez, un brillo que aceleraría el pulso de cualquier hombre, pero en seguida se desvaneció. Kat miró el reloj de pared y se puso de pie de un salto.

– ¡Caramba! ¿Te das cuenta de cuánto tiempo hemos estado hablando? Es más de la una. Mañana tengo que trabajar y tú también.

Mick se puso de pie también, pero ella fue hacia la puerta antes que él. Era como si quisiera escaparse. Sin embargo, titubeó un momento en la puerta.

– Mick, de verdad creo que si necesitas ayuda se la estás pidiendo a la persona equivocada, pero si me necesitas… ya sabes dónde vivo. Creo que no te sentirías muy cómodo comprando sostenes con Angie. Ese tipo de cosas las podría hacer yo y con gusto.

– Bien -dijo Mick. Le abrió la puerta a su vecina y ella murmuró algunas frases de cortesía.



20 из 120