
Había vuelto a convertirse en una extraña. En cierto sentido nunca habían sido más que extraños, pero él había sentido algo más esa noche, algo especial, algo real… algo muy importante para él.
Quería decirla que ella había sido muy amable al ir a verlo y hablar con él… pero no sabía cómo hacerlo.
Y como no conocía otra forma de dar las gracias, se inclinó hacia ella con lentitud. Kat no se apartó al sentir el roce de sus labios. Se quedó paralizada, lo cual desconcertó a Mick. No era posible que estuviera asustada; Mick nunca asustaba a las mujeres. Sólo le había dado un beso de buenas noches, de agradecimiento. No podía interpretarlo mal.
Cuando Mick apartó los labios, Kat lo siguió mirando fijamente hasta que el ambiente se puso tenso. Mick tardó un momento en comprender.
Kathryn, su vecina,, tenía tal confianza en sí misma que podía intimidar a un hombre con su sola presencia.
Pero Kat, esa Kat que lo miraba tiernamente, casi asustada, no.
Kathryn tenía un control casi total sobre sus sentimientos.
Kat no siempre podía controlarlos.
Todavía estaban de pie en el umbral de la puerta abierta. El aire acondicionado los abanicaba por un lado. El calor de la noche les llegaba por el otro lado. Mick sintió como si estuvieran atrapados entre el frío de la soledad y el calor del amor.
Mick atravesó el umbral. Tomándole la barbilla con una mano, le sostuvo la cara. El pulso de la joven se aceleró al sentir esa caricia. Ella trató de mover la cabeza, y Mick pensó que la piel de su vecina era demasiado suave para soportar el roce de sus manos callosas, que ya habían perdido la costumbre de acariciar.
Sedosas madejas rojas brillaron entre los dedos de él cuando ella bajó la cabeza. Mick descubrió de repente que besar a Kat sería muy diferente que besar a cualquier otra.
Ella se quedó quieta. Mick sólo le rozó los labios con suavidad. Y otra vez tuvo la extraña sensación de que no había echado de menos a una mujer todo ese tiempo. Había echado de menos a Kat.
