Y los suaves labios de ella, tan inmóviles, de repente cobraron vida bajo los de él. Las manos de Kat subieron por los brazos de Mick, muy lentamente y entonces él la abrazó con más fuerza.

Kat se estremeció cuando sus pequeños senos tocaron el pecho desnudo de su vecino. Rodeó con los brazos el cuello de él.

Mick había pensado, desde que murió su mujer, que un hombre podía vivir sin pasión. Podía endurecerse; podría vivir solo si fuese necesario; podía controlar sus deseos, negarlos. Pero sólo durante cierto tiempo. No para siempre.

Eso era lo que él había pensado, pero no sabía qué sentía una mujer al respecto. La pasión de Kat era salvaje… como la inocencia misma.

Kat lo había desconcertado durante mucho tiempo. Pero ya no. Podía sentir que estaba tan sola como él mismo; podía percibir su recelo, su temor, a pesar de que su boca se movía bajo la de él, anhelante, ávida. No era una mera atracción sexual. Era algo más profundo y peligroso que el sexo. Era la búsqueda de la comunicación absoluta, del entendimiento y la pasión que iba más allá de los sentidos.

La sangre le ardía en las venas a Mick, pero sintió que su vecina se estremecía y se ponía rígida de repente. Ella se apartó primero. O lo intentó.

Mick se dio cuenta de que ella quería separarse y pensó que estaba bien. Pero no así. No como unos adolescentes asustados que huían de su propio deseo.

La estrechó con más fuerza, sólo un momento más, hasta que la respiración de los dos volviera a su ritmo normal. Mick olió a rosas, escuchó el susurro del viento y deslizó los dedos por el sedoso pelo de la joven. La besó en la frente con ternura.

– Está bien -dijo con suavidad.

Ninguno de los dos había buscado esa pasión, ni la había esperado. Pero él no la forzaría a seguir, ella no tenía nada que temer. No de él.



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