Pero para ella no estaba bien. Sonrojada, con la boca temblorosa, apartó la cara.

– No quería…

– Vamos, Kat. Tómalo con calma, yo tampoco quería que sucediera esto.

– No sé qué…

– Yo tampoco.

– Sólo ha sido un error. La gente comete errores a veces. Pero puedes confiar en mí, Mick. No volverá a suceder.

Y se fue. Se fundió con las sombras de la noche antes que él pudiera contestar. No sabía lo que habría dicho. El comentario de Kat fue como una disculpa. No tenía mucho sentido, ya que él fue quien la besó.

Pero la reacción de ella no lo asombró. Nunca había comprendido a Kat.

Esperó hasta verla subir los escalones de su porche, oyó el ruido de la puerta de su casa al cenarse y vio apagarse la luz del porche. Luego volvió a entrar en su casa.

Quizá era más de la una, pero ya no tenía sueño. Vació las botellas de cerveza en el fregadero, apagó las luces de la sala y subió a ver cómo estaban sus hijas. Estaban dormidas. Noel tenía encendida la radio. Angie abrazaba un oso de peluche. Mick apagó la radio y subió al tercer piso de la casa, para asomarse por la ventana.

La casa de Kat era idéntica a la de él, pero ella usaba los cuartos de manera diferente. Mick dormía en el tercer piso. Kat en el segundo. La luz de la habitación de Kat estuvo encendida otra media hora. Un buen rato después de que ella la apagó, Mick se quedó de pie delante de la ventana, viendo cómo la luz de la luna iluminaba el encaje de las cortinas del cuarto de su vecina.

Las cortinas del cuarto de Mick no tenían encaje. Eran de tela sintética. El mobiliario y la decoración de su casa eran sencillos. A June nunca le había interesado la decoración de interiores.

Era una mujer con la que era fácil convivir. No había en ella nada de frágil. Era sencilla, vital, entusiasta.

Mick nunca había modificado su estilo de vida por su mujer, no porque no lo hubiera querido, sino porque June se habría enfadado si lo hacía. June era una mujer independiente y respetaba la independencia de los demás.



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