– Hola, Amy -dijo contenta-. Sí, seremos vecinas -era una de sus Brownies. Recordó ahora que el nombre le era familiar. Varias niñas vivían en Ladysmith Terrace. Bueno, al menos no tendría que ir lejos los sábados en la mañana.

– ¿Snowy? -preguntó Gil mientras introducía la llave en la puerta.

– Buho Snowy -él estaba sumamente intrigado-. Amy es una Brownie -explicó ella.

– ¿Una Brownie? -preguntó con incredulidad-. ¿Tienes una fábrica de Brownies? ¿Usas uno de esos sombreritos cafés?

– No seas ridículo -replicó ella con enfado. El abrió la puerta.

– ¿Estás lista? -y sin esperar respuesta, la levantó en brazos, la cargó y traspasó el umbral, luego cerró la puerta con un pie. Por un momento se recargó en ella, sosteniéndola cerca del pecho, y Casey pudo sentir los latidos de su corazón. Su cuerpo tras la delgada tela de su traje estaba cálido y confortante. Y ella necesitaba que la consolaran; alguien que la abrazara y que le asegurara que todo estaría bien mañana.

– No tenemos que estar en guerra, Casey -murmuró él. De pronto, alguien llamó a la puerta y los asustó. Gil la bajó y abrió.

– ¿Está Snowy? -era Amy.

– Dime, Amy -contestó Casey, luego se asomó un poco mareada a la puerta.

– Mi mamá te manda esto -la niña sostenía una maceta de tulipanes amarillos y tenía la vista fija en Gil.

– Están preciosos. Qué amable. ¿No gustas pasar?

– No. Mi mamá dijo que no debería quedarme. Pero que si necesitabas cualquier cosa que la buscaras en el número seis.

– Bueno, pasaré a visitarla en unos días. Dale las gracias de mi parte.

– Está bien. Adiós -contempló a la niña correr por la calle y luego se volvió a ver a Gil, pero él parecía haber perdido el interés en ella. Colocó la planta dentro de la chimenea, y notó la gruesa capa de polvo que cubría los ladrillos.

– Siento que la pequeña te haya molestado -él se encogió de hombros y sonrió.



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