– ¿De verdad lo sientes? Llegó en el momento más indicado, ¿no crees? Por allí está la cocina. ¿No quieres poner a hervir el agua en la tetera mientras yo recojo tu maleta?

– ¡Maldición! -Casey se despojó del sombrero, lo aventó en una silla y entró a la cocina donde encontró la tetera. ¿Por qué se había disculpado? Le temblaban las manos al tratar de abrir las anticuadas llaves del agua que estaban duras y chirriaban; los tubos empezaron a sonar. Llenó la tetera hasta la mitad y la colocó en la vieja estufa de gas para buscar cerillos. Rompió tres antes de encender la llama con manos temblorosas. El silbaba fuerte mientras ella buscaba las tazas.

No tuvo que buscar mucho, estaban en anaqueles ocultos con una cortina de cuadros verdes. Pasó el dedo por el anaquel. Al menos allí estaba limpio, y miró con culpa a Gil cuando se apareció en la puerta,

– ¿Encontraste todo?

– ¿Hay té, leche? ¿Hay refrigerador? -preguntó la joven en tono cortante.

– Esta en el anexo de la cocina. Por allí -señaló él, luego abrió lo que parecía ser la puerta trasera, entró a una habitación fresca, larga y estrecha. Un moderno refrigerador ocupaba casi todo el muro de enfrente y ella lo abrió y sacó medio litro de leche.

– No hay casi nada aquí.

– He estado demasiado ocupado para ir de compras. Y pienso que te gustará surtir la despensa.

– Me muero de ansias -replicó con un gesto de fastidio-. No se te olvide dejar algo de dinero para la casa. No mucho, claro -él ignoró su sarcasmo.

– La tetera está hirviendo. El té está en este anaquel -le entregó él una cajita y sus dedos se rozaron sin-querer, ella retiró la mano como si se hubiera quemado y la cajita cayó al suelo derramando el té.

– Estoy…

– Casey…

Ambos empezaron a hablar al mismo tiempo y luego se callaron, cruzaron sus miradas por un instante antes de que Gil se acercara a ella.



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