
– Así es. Construcciones O'Connor está a salvo, pero yo tuve que arriesgar hasta el último centavo que poseo para salvarla -apretó el volante hasta que los nudillos de la mano se pusieron blancos-. Incluyendo la escritura de esta casa. Lo mismo que tu padre, de hecho… -mostró los dientes en un simulacro de sonrisa-… al menos estás al tanto de la situación. Una cortesía que creo que Jim O'Connor nunca mostró a tu madre.
– ¿Cómo averiguaste todo eso? -preguntó ella.
– Me interesa estar informado -se tranquilizó-. La compañía estará tan bien organizada como yo quiera. No habrá sobreabundancia ni quiebra. En doce meses Construcciones O'Connor será el deleite de cualquier contador -ella respiró de alivio sin darse cuenta-. Ese fue el trato, Casey. Yo no prometí una mansión ni una limosina. Si existe engaño, no es por mi culpa. Tú sola lo soñaste.
Tenía razón, comprendió Casey. Había evitado todo contacto con Gil desde el momento en que había hecho sus ultrajantes demandas y el colapso de su padre la forzó a acceder a ellas. Lo hizo por orgullo. Quizá debió de pensarlo mejor y buscar su compañía para averiguar cuál era la verdadera situación. Al menos no se hubiera engañado totalmente.
Satisfecho por haber dejado todo en claro, Gil prosiguió:
– Si te portas bien y no despilfarras el dinero, es probable que adquiera una de las casas en la nueva propiedad, dentro de unos meses -Casey lo contempló con incredulidad-. Una de las más pequeñas -añadió, pensándolo bien.
– No, gracias. Prefiero vivir aquí. Al menos nadie de los que conozco podrá ver lo que ha sido de mí -abrió la puerta y salió del auto; se dio cuenta de que varias personas la estaban observando con mucho interés.
– Hola, Snowy. Te ves muy bonita -alguien gritó del otro lado de la calle-… ¿Vas a vivir allí?
Casey se volvió, asustada y observó una sonrisa en el rostro de Gil, que pronto desapareció. No tardaron mucho en descubrir su secreto.
