
– Vi allá un frasco de café -dijo ella y entró con rapidez al anexo de la cocina. Gil se quedó inmóvil y luego se encogió de hombros.
– El recogedor de basura está debajo del fregadero -salió para ir a la sala donde se recostó en un sillón. Casey ignoró el tiradero en el suelo.
– Aquí está tu café-le dijo y azotó la taza al colocarla sobre la mesa a un lado de él-. ¿No quisieras mostrarme el resto de la casa mientras se enfría mi bebida? Estoy segura de que no tomará mucho tiempo.
– Es verdad. Tenemos que pensar en otra cosa para pasar el tiempo -Casey se echó atrás con tal rapidez que lo hizo reír.
Empezaron por la parte superior. La habitación estaba llena de polvo y se notaba que hacía mucho que nadie la usaba. Casey se acercó a la ventana y limpió el vidrio con la mano. Podía ver más allá de los techos un pequeño jardín.
– Esto podría ser bonito -comentó y se alejó de la ventana.
– Me perdonas, pero creo que tienes mucha imaginación. Ven -bajaron un piso y encontraron dos puertas. Gil abrió la primera.
– Este solía ser mi dormitorio -le dijo^. Hay una gran diferencia con la torre de marfil donde te criaste -era una pequeña habitación cuadrada, con un librero y un guardarropa. Nada más. Casey se inclinó para ver los libros, estos eran antiguos y por el lomo descubrió que la mayoría eran premios de la escuela dominical.
– Estos no eran tuyos -declaró Casey.
– De la tía Peggy -le confirmó él-, y de mi padre. Pero los leí todos. Son muy instructivos. La mayoría sobre gente que recibió su merecido -salió de allí y cruzó hasta la otra puerta-. Esta es nuestra habitación -la suite debió ser maravillosa, de nueva. Quizá cuando construyeron la casa. Dos grandes roperos y un amplio vestidor llenaban las paredes. Sus maletas y cajas, que había recogido la mudanza el día anterior, ocupaban casi todo el resto de la sala. La cama, recién arreglada con limpias sábanas blancas y un grueso y anticuado edredón de color de rosa, aparecía en el centro. La cabecera era alta y elaborada y Casey se acercó a examinarla de cerca. La frotó con la mano y sintió el confortante espíritu de todas las mujeres que habían amado, dado a luz y muerto en esa habitación-; Quizá deberíamos comprar una nueva cama… -empezó Gil a decir.
