– ¿Tenemos con qué? -Gil la miró divertido.

– En realidad no. Entonces sólo un colchón. Siempre me gustó esa cama.

– Es un estilo que ha vuelto a estar de moda. Creo que vale la pena conservarla. ¿Dónde está el baño?

– Hablas como decoradora de interiores. Tu padre me contó que tú amueblaste las casas de muestra para él:

– Sí. Me dio un anticipo y… -de pronto se percató de que Gil habló en tiempo pasado-. ¿Hice?

– Yo no pienso darle a nadie extravagantes anticipos. Ese tipo de trabajo se pondrá en oferta -se encogió de hombros. Puedes competir si quieres. A menos -añadió con cortesía-, que tengas un contrato. No recuerdo haberlo visto.

Casey no daba crédito a sus oídos. Siempre había decorado las casas de muestra para su padre, y había recibido comisiones de las casas privadas. Estaba muy orgullosa de su trabajo.

– Claro que no tengo contrato. ¿Para qué habría de necesitarlo? -él colocó el dedo índice en su barbilla y la forzó a mirarlo a los ojos.

– Porque, así son los negocios, Catherine Mary Blake. Necesitas un contrato, y tienes que leer la letra pequeña. Recuérdalo; te ahorrará muchas desilusiones. Bueno, dijiste que querías ver el baño.

La tomó con firmeza de la mano y con creciente animosidad ella lo siguió para bajar por la escalera, a través de la cocina y su anexo hasta un pequeño patio dónde al fin le soltó la mano. Una regadera galvanizada colgaba de la pared.

– La metemos a la cocina durante el verano -explicó Gil sonriente-. Pero en invierno la colocamos frente a la chimenea. Es muy cómodo -Casey se ruborizó.

– Estás bromeando -exclamó al fin ella.



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