En la entrada del restaurante Casey se detuvo, arrepentida de no haberse puesto el traje gris conservador. Respiró profundamente y cruzó el salón, consciente de que todos los hombres la observaban. Caminó despacio; no tenía alternativa, ya que los tacones tan altos y la falda entallada no le permitían hacerlo más aprisa, y al menos tuvo la satisfacción de ver la mirada de ira de Blake, cuando tomó asiento frente a ella.

– Toda una actuación, Casey. Te suplico que no vuelvas a repetirla.

– Puedes estar seguro de que no lo haré. No pienso volver a pasar por esta experiencia. Jamás -la furia en sus palabras lo hizo sonreír.

– Tengo una proposición que hacerte. Espera a que termine del hacerla antes de apresurarte a hacer conclusiones -ella esperó. El empezó a comer el mousse de aguacate.

– ¿Y? -preguntó ella.

– El placer antes de los negocios, querida -respondió él y señaló su plato-. Quiero que disfrutes de la comida -el camarero llevó una botella de vino y Gil ordenó que la abriera.

Casey estaba furiosa, pero no iba a hacer una escena en un restaurante donde era tan conocida, y estaba segura de que Gil lo sabía también. Fue un error haber ido. Debió escuchar a sus instintos y quedarse en casa, escogiendo la ropa para el bazar. La única forma de salvar su dignidad era comer su almuerzo y luego despedirse de Gil Blake. Realmente no lo conocía, y no quería conocerlo.

Después del mousse sirvieron un filete acompañado de verduras Casey apenas lo probó y no quiso postre, ni brandy.

– Sólo café para mí, por favor. Voy manejando -pidió ella.

– ¿Por eso no bebiste el vino? Creí que escogí uno que no te agradó.

– Tienes muy buen gusto. Y estoy segura de que no necesitas que yo te lo diga. ¿No tenías algo que decirme? -Casey miró su reloj.

– No hay prisa -él colocó los codos en la mesa y desenvolvió uní chocolate de menta-. Creí que te interesaría saber qué he estado haciendo desde la última vez que nos vimos.



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