– No tengo el menor interés -mintió ella. El sonrió divertido y ella; tuvo la gracia de ruborizarse.

– No importa. Te lo voy a decir de todas maneras. ¿Estás segura de que no gustas un licor? Yo te puedo llevar a casa -ella negó con la cabeza-. Bueno. Cuando tú lograste que me despidieran… -Casey abrió la boca para protestar, pero Gil se lo impidió moviendo el dedo-. Espera a que termine. Cuando lograste que me despidieran porque no supe respetar los límites con la hija del patrón, me fui a Australia. Me pareció necesario poner toda esa distancia entre nosotros.

– ¡No! -no había sido así. Lo había amenazado, pero su ira estaba dirigida a ella, no a él. Nunca se lo había mencionado a su padre. Y, cuando ella fue a buscarlo, el se había ido. Desapareció.

– Te pedí que no me interrumpieras -un músculo brincaba junto a su boca y su mirada era de acero-. Te acepto que no supieras que estabas jugando con fuego. Y yo debí percatarme de que no eras como ninguna de las otras muchachas con las que había salido. Eras un botón de rosa muy protegido, ¿verdad? -contempló su vestido-. Al menos, eso ya cambió.

Ella hubiera querido pararse y gritarle que nada había cambiado, que era la misma, sólo que mayor de edad, y esperaba que con más juicio. Pero se quedó sentada y escuchó toda la historia de cómo había trabajado por un salario semanal y construido primero una casa durante los fines de semana, luego otras y por fin había fundado su propia compañía.

– ¿Has regresado para establecerte? -preguntó ella al fin.

– Claro que sí -las palabras eran casi una amenaza, lo mismo que la sonrisa-. Vendí Blake Estafes y he regresado a casa.

– ¿A casa?

– Sí. Voy a comprar un negocio aquí en Melchester y pienso casarme.

Le tomó un momento comprender las palabras y sintió como un hueco en el estómago que le recordaba sin querer cuánto lo había deseado, y que seguía siendo tan atractivo y peligroso como siempre



20 из 130