
Dentro del auto, él estaba mucho más cerca de ella. Casey se recargó lo más que pudo en la puerta, tratando de evitar el contacto, pero el hombro de él rozaba el suyo cada vez que cambiaba la velocidad.
Viajaron rumbo a la ciudad, en silencio. Rodearon el centro y Gil manejó por calles aledañas para evitar el tráfico y los autos que estaban estacionados por ser sábado; finalmente se detuvo frente a una pequeña casa con terraza.
– Bienvenida a casa, señora Blake -ella se estremeció nerviosa al escuchar su nuevo nombre.
– ¿Dónde estamos? -preguntó.
– En Ladysmith Terrace número veintidós. Nuestra nueva casa. Mejor dicho tu nuevo hogar. Este siempre ha sido el mío.
Ella contempló la despintada y maltratada puerta principal marcada con el número veintidós. Quedó consternada.
– ¿Y esperas que viva aquí?-preguntó con horror.
– ¿Por qué no? Yo nací aquí. Este fue el hogar de mis padres. Hasta hace poco todavía lo era de mi tía Peggy -Casey pasó saliva.
– ¿Y qué les sucedió? -él palideció.
– Mi padre falleció en un accidente de construcción cuando yo tenía diez años y mi madre se descuidó por completo desde entonces.
– Cuánto lo siento -él la miró.
– Peggy me crió, pero ahora se fue a vivir con su hija a Birmingham.
– Y te dejó su casa -comentó y miró alrededor con desencanto. -No, es mía. La compré para mi madre tan pronto como gané un poco de dinero.
– ¿Y aquí es donde viviremos? -sin luna de miel ni auto ni una casa decente donde vivir, pensó ella-. Dime, Gil. Antes de que salga del auto y entre a Ladysmith Terrace número veintidós. ¿He sido objeto de un engaño?
– ¿Engaño? -preguntó él-. ¿Por qué dices eso? -Casey notó las blancas líneas en sus mejillas y comprendió que estaba furioso, pero no le importó. -Entiendes muy bien. Me tomaste a cambio de rescatar de la quiebra a la compañía de mi padre.
