Y Gabe apreciaba sus consejos tanto como el veneno. Lo que ella llamaba ayuda, él lo consideraba intromisión. Alguien capaz de comprender mínimamente el concepto de familia podría haber entendido el amor y la lealtad que demandaban la intervención de Rebecca. Pero intentar explicárselo a Gabe era como intentar perforar el granito.

Aun así, aunque no hubiera una buena relación entre ellos, Rebecca no había podido menos que reparar en ciertos detalles sobre Gabe. Tenía treinta y ocho años y los aparentaba. Su mandíbula cuadrada, la cicatriz de su sien derecha y las arrugas que rodeaban sus ojos hablaban de un hombre con una vida dura a sus espaldas. Había energía en la dureza de sus facciones, energía viril; y una determinación sin límites estampada en cada una de las arrugas de su frente.

Personalmente, Rebecca pensaba que una mujer tenía que estar completamente chiflada para arriesgarse a abordar a un hombre tan duro y cerrado como Gabe De-vereax… Pero, aun así, aquel hombre tenía los ojos más profundos, oscuros y atractivos que había visto en toda su vida. En aquel momento, le resultaba imposible ignorar aquellos ojos que estaban clavados en su rostro. Gabe la tomó por la barbilla y examinó sus heridas con el mismo interés que podría haber mostrado por un insecto.

– Creo que sobrevivirás -anunció-. Aunque es difícil decirlo estando tan sucia.

Como estaba mirándola directamente a los ojos, Rebecca tardó algunos segundos en darse cuenta de dónde estaba poniendo su mano derecha. Con una suavidad digna de un jugador de póquer, la había deslizado bajo su sudadera y estaba ascendiendo por sus costillas.



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