
– ¡Eh! -intentó empujarlo, pero era imposible empujar a un buey.
– No dejes que se te revuelva el hígado, Rebecca. Si hubiera querido insinuarme te habrías enterado. Pero confía en mí, el sexo solo ocupa un noventa y nueve por ciento de mi mente. Tienes una herida en esa zona, y no, no voy a ver hasta dónde llega, pero me gustaría que tosieras.
– ¿Toser? No necesito toser
– Bueno, entonces podemos llevarte ahora mismo a urgencias para que te hagan una radiografía, pero no creo que tenga mucha gracia la idea. Si no te atreves a toser, podemos estar prácticamente seguros de que no te has roto ninguna costilla, pero bueno, si prefieres una radiografía…
Rebecca tosió de forma casi exagerada.
– ¿Estás segura, de que no te duele?
– Claro que sí. Y ahora ya puedes dejar de amenazarme, Gabe. Haría falta todo un ejército para llevarme a un hospital. Estoy perfectamente.
– ¿Ah, sí? Tienes un chichón en la frente, heridas por todas partes y estás tan mojada que es probable que termines con una neumonía. En el piso de arriba hay agua, así que por lo menos podremos limpiar las heridas, pero no sé si encontraremos algo con lo que secarte. ¿Te duele mucho la frente? ¿Estás mareada? ¿Ves doble?
Si aquel maldito hombre tuviera modales, le habría dado oportunidad de contestar, pero no. Obviamente, Gabe no iba a permitirle decir una sola palabra, porque en aquel momento la tomó por la barbilla para volver a examinar el chichón. Con la ligereza de una pluma, le apartó el pelo de la cara. Y cuando terminó de jugar a los médicos, sus ojos se encontraron.
Rebecca no estaba segura de lo que sucedió. Gabe no podía haberle sostenido la mirada durante más de unos segundos, pero el ceño desapareció de su frente. Y apareció algo en su expresión. Algo que Rebecca jamás habría esperado. Algo que estaba más allá de la exasperación y de la compulsión de Gabe Devereax a hacerse cargo de cualquier cosa que surgiera en su camino.
