
Rebecca estaba tan empapada y desaliñada que lo último que podía parecer era atractiva. Pero hubo algo en aquellos profundos y oscuros ojos que hizo que se le acelerara el pulso.
Si Gabe se había fijado en alguna ocasión en que era una mujer, jamás lo había demostrado. De pronto, Rebecca tuvo problemas para respirar. Gabe era un hombre vital, viril, y de trato suficientemente fácil como para poder disfrutar discutiendo con él mientras no hubiera ninguna posibilidad de que se fijara en ella de forma más personal. Por otra parte, era probable que la caída le hubiera afectado al cerebro. Porque no podía haber un momento más estúpido para sentir el poder de las hormonas, y el sentido común le decía que estaba imaginando la mirada de Gabe.
Aun así, el pulso estaba latiéndole a una velocidad vertiginosa cuando Gabe cambió bruscamente de expresión. El ceño que apareció entre sus cejas era incluso más sombrío que el de minutos antes. Se echó hacia atrás y comenzó a levantarse.
– Es posible que no necesites un médico. Pero veamos qué ocurre cuando intentes levantarte.
– Oh, por el amor de Dios, estoy perfectamente – ignoró la mano que le tendía y se incorporó precipitadamente.
Gran error. El chichón que tenía en la frente comenzó a latirle inmediatamente. Los senos y la muñeca le ardían y en aquel momento tuvo la absoluta certeza de que se había roto el trasero. Pero no lo habría admitido aunque la hubieran estado amenazando con un cuchillo.
– De todas formas, ¿tú cómo has logrado entrar en la casa?
– Como lo hace la mayor parte de la gente, legalmente. Llamé al abogado de Mónica Malone, le presenté mis credenciales y le dije que pensaba que podría haber más pruebas en la casa relacionadas con su asesinato. Le pregunté si no le importaba que echara un vistazo y me dio la llave.
