– ¿Y ya está? ¿Eso es lo único que has tenido que hacer para conseguir la llave? -era tan injusto…

– Rebecca, no todo el mundo tiene la imaginación de una escritora. Algunos de nosotros tendemos a hacer las cosas de una forma sencilla, normal, aburrida incluso. Ya sabes, utilizando el sentido común y la lógica.

– Sorprendente. Podría jurar que hemos tenido una conversación idéntica en otra ocasión.

– Sí, es cierto. Pero la otra vez tampoco sirvió de nada -pasó por delante de ella para cerrar la ventana-. Te lavarás y después volverás a casa.

– Ni lo sueñes, monada. No acabo de arriesgar mi vida para desaparecer porque tú lo mandes.

Estaba segura de que nadie se había atrevido a llamar a Gabe Devereax «monada». El adjetivo pareció sorprenderlo, pero también divertirlo. A pesar de ser un hombre autoritario y probablemente desacostumbrado a enfrentarse al punto de vista femenino, siempre demostraba tener un gran sentido del humor.

– Hablando de mandar, estoy seguro de que sabes que estoy aquí porque me lo ha mandado tu familia. Por descabellado que pueda parecerte, continúan confiándome esta investigación. ¿Te lo puedes creer? Y solo porque me avalan diez años de experiencia y de preparación profesional.

Rebecca se agachó a recoger la mochila con las herramientas. Dios, qué tipo tan atrevido. Si el tema no fuera tan serio, se habría echado a reír.

– Yo también confío en ti, Sherlock -reconoció con sinceridad-. Eres muy bueno en tu trabajo. Pero no es tu hermano el que está acusado de asesinato, sino el mío. Y hasta que no demuestre su inocencia, no pienso quedarme sentada en casa tejiendo botines. ¿Has encontrado alguna pista hasta ahora?

– Todavía no he tenido tiempo de mirar. Acababa de girar la llave en la cerradura cuando he oído ese maldito estruendo. Aunque ahora, por supuesto, no entiendo cómo no me he imaginado inmediatamente que eras tú -se pasó la mano por el rostro en un gesto de cansancio-. Rebecca, escúchame.



13 из 171