
– Te estoy escuchando -aunque admitía que con cautela.
– Esta no es la primera vez que vengo. Asumo que eres consciente de que he estado trabajando desde el día que acusaron a tu hermano. Estuve en la mansión mientras investigaba la policía y después, cuando la desprecintaron, la registré de cabo a rabo. Esta es la tercera vez que vengo y hasta ahora todas las pruebas apuntan a que Jake es culpable.
– Lo sé -y era como llevar una aguja clavada en el pecho.
– El amor y la objetividad no pueden ir juntos. Sé que quieres ayudar a tu hermano, pero no estoy intentando menospreciarte cuando digo que estarías mejor en casa. Podrías terminar sufriendo si sigues dando vueltas por aquí.
Con la mirada clavada en las sombras, Rebecca reconoció vagamente las escaleras que conducían al piso de arriba. Estaba oyendo a Gabe, pero lo que oía solo aumentaba su resolución. Gabe estaba haciendo su trabajo y ella nunca lo pondría en duda. Pero Gabe Devereax no creía en la inocencia de Jake más que la policía.
Rebecca se detuvo un instante antes de dirigirse hacia las escaleras y apartar un mechón de rizos de su rostro.
– Tienes razón en lo de que no estoy siendo objetiva. Además, no tengo ningún interés en serlo. Y deberías recordar, Gabe, que fui yo la primera en contratarte para investigar el accidente de avión en el que se suponía que había muerto mi madre.
– Lo recuerdo.
Rebecca asintió.
– Entonces nadie creía que Kate pudiera estar viva. Y yo quise contratarte porque eras el mejor y siempre he sabido que podías hacer ciertas cosas que para mí son imposibles. Pero cuando comenzaste a trabajar, tampoco tú creías que mi madre estaba viva. Eras igual que todos los demás. ¿Y quién tuvo razón en lo de mi madre?
– Tú, pero era un caso completamente diferente.
Rebecca sacudió violentamente la cabeza, haciendo que el chichón le doliera de una forma insoportable.
