– Es exactamente lo mismo. Tú confías en tu cabeza de la misma forma que yo confío en mi corazón. Precisamente porque quiero a mi hermano, sé que jamás asesinaría a nadie, por horrible que fuera Mónica Malone, o por mucho daño que le hubiera hecho.

Gabe suspiró. Exhaló uno de aquellos exasperantes suspiros que expresaban siglos y siglos de actitudes machistas hacia las mujeres, especialmente hacia ella.

– Hay algunos errores en esa lógica, pero los olvidaremos de momento. Si tú crees que tu hermano es inocente, eso significa que el verdadero asesino continúa suelto. Una razón condenadamente buena para mantenerte al margen de esto. Podrías ponerte en peligro al acercar la nariz a fuegos que no estás en condiciones de apagar.

– Por el amor de Dios, Gabe. Esa es precisamente la razón por la que estoy aquí. Para apagar esos fuegos.

– Dios mío, esto es como estar hablando con una planta -por segunda vez, se pasó la mano por la cara con gesto de agotamiento-. No sé por qué, pero tengo la sensación de que no voy a poder convencerte de que te vayas a tu casa.

– Por fin lo comprendes -le palmeó el hombro mientras se dirigía hacia las escaleras-. Pero voy a ayudarte confía en mí.

Capítulo 2

Rebecca lo ayudó tanto como un tornado. Si le hubieran dado a elegir entre dos males, Gabe habría elegido el menos caótico.

Que, desde luego, no habría sido aquella pelirroja.

Por segunda vez, metió la toallita bajo el grifo, la escurrió y la posó sobre la frente de Rebecca. La lluvia continuaba golpeando los cristales de las ventanas. Marzo era un mes prematuro para las tormentas en Minnesota. Pero no tenía sentido quejarse; por lo menos era lluvia en vez de nieve. Los truenos hacían temblar la casa y las luces parpadeaban cada vez que caía un rayo. Tendrían suerte si no se les iba la luz.

Aunque la verdad era que no lo molestaría. Gabe era un hombre de recursos. Había pasado años en las Fuerzas Especiales, demostrando su capacidad para manejar las situaciones más difíciles. El peligro nunca lo había detenido. Y tampoco la adversidad. Él nunca había contado con Dios o con la suerte para resolver un problema… en el pasado.



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