
Porque si pasaba unas cuantas horas más encerrado con Rebecca Fortune cabía la posibilidad de que terminara convirtiéndose en un hombre piadoso.
– ¡Ay! ¿Quién te dio clase, Torquemada? Déjame en paz, abusón.
Pero Gabe no dejó de trabajar, ni siquiera levantó la mirada. En aquel momento, Rebecca estaba sentada en el mostrador de la cocina con la cabeza inclinada hacia la luz del fregadero.
Gabe tenía una clara visión de la herida de su frente, pero las posibilidades de que Rebecca se quedara quieta durante un largo rato no eran muchas.
– Tú tienes la culpa de que te duela. Hay manchas de pintura en la herida. Quizá sean del marco de la ventana. Pero si dejas de moverte, te limpiaré mucho más rápido. Creo que necesitas un par de puntos.
– No -respondió Rebecca rápidamente.
– Y solo Dios sabe cómo has podido hacerte esas heridas. Es posible que tengan que ponerte la vacuna contra el tétanos.
La respuesta de Rebecca fue todavía más rápida.
– Ya me la pusieron hace un par de semanas.
– Sí, claro, y las vacas vuelan. Tienes un gran talento para la ficción, y me alegro por ti, puesto que no creo que tengas mucho futuro como delincuente. Entrar furtivamente en una casa no parece ser lo tuyo.
– No empieces otra vez, Devereax. He hecho esto por mi hermano, y aunque tuviera que terminar con todos los huesos escayolados, lo volvería a hacer.
Gabe la creía. Y era eso lo que lo asustaba.
La mayor parte de la gente era capaz de rectificar sus errores cuando se apelaba a la razón. La mayoría de las personas eran conscientes de sus limitaciones y de la necesidad de protegerse. Pero para Rebecca todos ellos eran conceptos incomprensibles. Detrás de aquellos hermosos ojos verdes, no parecía haber ningún cerebro en absoluto.
