
Gabe dejó la toallita y le hizo inclinar la cabeza para estudiar nuevamente la herida. Por fin parecía limpia, pero aquel corte profundo que estropeaba aquella piel blanca y cremosa lo enfurecía.
Y su propia respuesta al contacto con aquella piel blanca y cremosa le ponía todavía más furioso.
Que un hombre se excitara estando entre los muslos de una mujer era natural, una reacción completamente biológica. Y, por lo menos un día al año, un hombre tenía derecho a comportarse de forma irracional durante un par de minutos.
Pero también estaba furioso con Rebecca por aquella reacción.
Cuando retrocedió, Rebecca interpretó que ya había terminado y se inclinó precipitadamente hacia delante.
– Si te apartas del mostrador, eres mujer muerta -la informó Gabe-. Tengo que ponerte una venda.
– Pero si solo es un chichón, no tiene sentido tomarse tantas molestias.
– Si no te cubrimos esa herida, te dejará cicatriz.
– Mi hermano está en la cárcel acusado de asesinato, ¿a quién puede importarle una estúpida cicatriz? Ya hemos perdido demasiado tiempo con esto.
– Un minuto más y habré terminado.
Volvió a colocarse entre sus muslos. Tenía que hacerlo. No confiaba en que Rebecca no saliera volando del mostrador y comenzara a hacer de detective. Había encontrado los restos de una venda en un viejo botiquín. Se acercó hacia ella y volvió a prestarle atención otra vez, tan tieso como la lanza de un guerrero.
Debería haberse imaginado que un hombre no podía ganar siempre. Gabe ignoró su pequeño problema. Y deseó poder ignorar a Rebecca.
En ese momento estaba relativamente limpia. Legalmente, se suponía que no se podía tocar nada de la mansión. Eso significaba que los cajones y los armarios estaban todavía repletos. Gabe no había tenido ningún problema en encontrar una toalla, una esponja, un botiquín de primeros auxilios y algo de ropa. También había visto una botella de whisky encima de la despensa. Y Gabe estaba pensando en bajarla.
