– ¿Ya has terminado? -preguntó Rebecca, esperanzada.

– Sí, ya he terminado.

– Gabe… gracias. Te agradezco tu ayuda.

– No me ha costado nada -pero la verdad era que estaba empapado en sudor.


Rebecca no era una mujer vanidosa o mimada, eso tenía que admitirlo Gabe, y, con toda probabilidad, podría haber sido ambas cosas, dada la enorme riqueza e influencia de la familia Fortune. No era culpa suya el no haber salido nunca de aquel entorno tan protegido. Su pasado solo servía para profundizar su problema. Era una idealista irremediable, pero sin ninguna experiencia práctica. Rebecca jamás se había visto obligada a enfrentarse a los aspectos más realistas de la vida. Creía en el amor, en los caballeros andantes, en el honor y, por lo que Gabe había visto hasta entonces, no tenía la menor idea de que fuera de su hogar había seres que podían llegar a hacerle mucho daño.

Y peor aún, se consideraba a sí misma una especie de detective por el simple hecho de escribir novelas de misterio. Las complicaciones que podía causar intentando ayudarlo eran suficientes para causarle a Gabe una úlcera.

Y Rebecca también.

Rebecca bajó del mostrador y los ojos de Gabe aterrizaron en su sujetador de encaje. No había habido forma de convencerla de que se quitara la ropa empapada hasta que Gabe había encontrado algo que ponerle. Al final, el detective había encontrado un jersey de pico en el piso de arriba que suponía había pertenecido a Mónica Malone.

Pero el escote le quedaba tan grande a Rebecca que parecía una huerfanita jugando a disfrazarse. Los vaqueros por fin estaban secos y suficientemente flexibles como para cubrir las largas piernas de Rebecca y su casi inexistente trasero. Como no era capaz de sentarse sin retorcerse, Gabe sospechaba que se había dado un buen golpe en el trasero, pero estaba condenadamente seguro de que jamás lo admitiría. Había mucho más orgullo que sentido común en aquellos delicados ojos verdes, y también en el resto de su aspecto.



18 из 171