Rebecca tenía el rostro con forma de corazón, la piel demasiado blanca, los ojos demasiado oscuros, una boca peligrosamente suave y una nariz que se alzaba de forma impertinente. Gabe imaginaba que debía medir cerca del metro setenta. Una altura considerable, excepto cuando se acercaba él, pero le costaba resistir la tentación de tacharla de bajita cuando con la broma más inocente era capaz de despertar en ella una oleada de ira.

Su pelo era de color canela y en aquel momento caía sobre sus hombros convertido en una maraña de rizos. Evidentemente, no había tenido oportunidad de cepillárselo, pero Gabe había pasado suficiente tiempo con ella como para saber que siempre llevaba la melena como si acabara de levantarse de la cama después de una larga y apasionada noche. Puesto que era una Fortune, disponía sin duda de dinero suficiente para ir a un peluquero decente, de modo que, aparentemente, no le daba ninguna importancia a su pelo. De todas formas, incluso con el mejor corte de pelo, seguiría pareciéndole tan delgada, sexy y condenadamente vulnerable.

Gabe nunca se había sentido atraído por las mujeres vulnerables, de modo que no tenía idea de por qué aquella despertaba sus motores, pero no quería saberlo.


– Rebecca… -se pasó nuevamente la mano por la cara. Tal como debería haberse imaginado, en cuanto había puesto los pies en el suelo, Rebecca había salido corriendo hacia la puerta-. ¿Adónde vas?

– A cualquier parte. He pensado en recorrer primero el escenario del crimen. El asesinato fue en el salón, ¿verdad? Y después subiré al dormitorio de la señora Malone.

– Si pretendes ir al salón, será mejor que vayas hacia la derecha, en vez de a la izquierda. A no ser que encuentres algo interesante en la despensa. Y escucha, procura dejar todo tal y como te lo encuentres. Y no se te ocurra tocar una sola cosa sin decírmelo.



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