
– Por favor, Gabe, he leído una docena de libros sobre procedimientos policiales. Si descubro algo remotamente parecido a una prueba, puedes estar seguro de que no se me ocurrirá destrozarla
– No sé por qué, pero no me tranquiliza en absoluto que hayas leído todos esos libros.
Para ser una mujer vulnerable, Rebecca tenía la más pecaminosa de las sonrisas.
– Lo sé, monada. Realmente, pareces incapaz de dejar de ser un tipo sobre protector. Especialmente con las mujeres. Dios, como padre serías terrible. Volverías locos a tus pobres hijos.
– No pienso ser padre, así que problema resuelto. Los hijos son lo último que me preocupa.
– Una diferencia más entre nosotros, cosa que no me sorprende. Si no fuera por el problema que ha surgido con mi hermano, los hijos serían ahora mismo una prioridad para mí. Deberías ver todo el material que he estado recopilando sobre bancos de semen.
– ¿Bancos de semen? Estás bromeando.
– Nunca bromeo con el tema de los hijos -pero volvió a sonreír-. Sin embargo, la única razón por la que he mencionado lo de los bancos de semen ha sido que no he podido resistirme. Imaginaba perfectamente la cara que ibas a poner, querido. Pero ahora mismo estamos perdiendo el tiempo. En la agenda de esta noche no hay espacio para los bebés.
No, pensó Gabe sombrío. Aparentemente, el asesinato estaba por encima de los bebés en la agenda de Rebecca. Y solo una mujer como ella era capaz de mezclar los bancos de semen con un homicidio.
Pues bien, él no pensaba seguirle la corriente. Tenía un trabajo que hacer y su salario no incluía mantener conversaciones sobre bebés con una pelirroja recalcitrante, aunque esta fuera pariente del jefe.
Gabe se dirigió al despacho, que ya había inspeccionado en otra de sus visitas a la mansión. El papel de las paredes tenía textura de seda, las cortinas eran de encaje y la silla del escritorio tenía un asiento de brocado. Era el despacho más cursi que Gabe había visto en su vida y dudaba que quedara allí una sola factura de Mónica Malone. Los policías y los abogados se habían llevado todos los recuerdos y documentos que había en cada armario, como Gabe ya sabía. Aun así, encendió la luz del despacho y comenzó a revisar los cajones.
