Para Rebecca, aquella joya era un talismán, un símbolo de lo que significaba la familia y de los lazos de amor y lealtad que los unían.

Su madre había fundado una dinastía financiera, sí, pero Kate amaba a sus hijos y creía en la familia por encima de todo lo demás. Había sabido inculcarle esos valores a Rebecca. Y aunque aquel no podía ser un momento peor para pensar en bebés, últimamente Rebecca, que tenía treinta y tres años, se descubría pensando en ellos con cualquier excusa. A su reloj biológico no parecía importarle que fuera soltera, o que no hubiera ningún príncipe azul en su horizonte inmediato: quería tener un hijo. Siempre había querido tener hijos y formar una familia. Por exóticos que fueran los rumbos tomados por el resto de los Fortune, Rebecca siempre había sido irremediablemente hogareña. Y, sin embargo, iba a ser la última de la familia en sentar la cabeza. ¡Incluso sus sobrinos tenían hijos!


Mecer a un niño en sus brazos le resultaba algo completamente natural. Pero lo de dedicarse a robar no tanto. Un escalofrío de terror recorrió su espalda. Pero no era la tormenta la que la asustaba. Y tampoco aquella vieja y solitaria mansión, aunque se hubiera producido un asesinato en su interior.

El miedo de Rebecca era un miedo nacido del amor. Deseaba como nada en el mundo salvar a su hermano y temía fracasar. En algún lugar de aquella mansión estaban las pistas, las pruebas que podían limpiar el buen nombre de Jake. Había docenas de personas, incluida su propia familia, que tenían motivos para matar a aquella vieja rata. Mónica había sido una mujer cruel y egoísta que había hecho todo lo posible para destrozar a la familia Fortune.

El problema era que Mónica había estado a punto de arrebatar a Jake todo lo que era importante para él, lo que lo convertía en el principal sospechoso.



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