
Rebecca sabía que su hermano era incapaz de matar a nadie, pero a menos que encontrara pruebas que apuntaran hacia otro sospechoso, nadie más lo haría.
Hasta el momento, no había visto ningún sistema de alarma, ni nada que indicara que lo hubiera. Con la lluvia chorreando por sus mejillas, volvió a rodear la casa con intención de revisar las ventanas del sótano. En cuclillas y batallando contra los setos del jardín, fue iluminando una a una todas las ventanas.
Las ramas de un almendro desgarraron su ropa. El barro le llegaba hasta las rodillas y se rompió una uña en el marco de una ventana. Se le clavó una astilla en un dedo y comenzó a sangrar.
Al cabo de unos minutos, el diluvio cesó, pero Rebecca estaba tan empapada que para entonces ya no había nada que pudiera consolarla.
Al final la luz de la linterna iluminó el marco de una ventana que parecía un tanto irregular y resquebrajado. Después de luchar contra un arbusto de lilas, Rebecca se agachó y deslizó la mano por el marco. La ventana no estaba cerrada con pestillo.
Aunque no habría cabido por ella ni un niño de diez años, Rebecca decidió abrirla. Sacó la palanca de la mochila con intención de forzarla, aunque era prácticamente imposible apalancaría en el estrecho espacio que le dejaba el arbusto de lilas. Pero al tercer intento, consiguió introducir la palanca en el alféizar y la ventana comenzó a ceder.
Muy bien, estaba abierta. Pero el espacio que dejaba era mucho menor de lo que imaginaba. Rebecca era una mujer delgada, sí, pero no tanto.
