Vacilante, enfocó el interior de la ventana. La visión espacial no era exactamente su fuerte, pero le pareció que había muchos metros hasta el suelo de cemento. Y no había nada que pudiera amortiguar su caída.


Probablemente iba a morir en el intento, pero era la única forma de entrar y retroceder no era una opción. Guardó la linterna y arrojó la mochila al interior de la mansión.

Después de un largo descenso, la mochila chocó contra el suelo haciendo un ruido sordo.

Rebecca tragó el nudo de miedo que tenía en la garganta y comenzó a moverse. Se tumbó en el suelo, ignorando el barro, y metió primero los pies, luego las piernas… y entonces empezaron los problemas. Las caderas se quedaron atascadas en el marco y no podía moverse, ni hacia delante ni hacia atrás.

¡Cáspita! No eran pocas las veces que se había lamentado por no tener caderas suficientes para llenar unos vaqueros. Pero, en aquel momento, deseó haber comido menos dulces aquella semana. Su trasero estaba seriamente atascado.

Consideró brevemente la posibilidad de gritar. En realidad, no quería hacerlo. Solo quería estar en su casa. Disfrutando de un baño caliente, o quizá de una copa de vino… o leyendo toda la información que había reunido últimamente sobre bancos de semen y fantaseando sobre bebés.

Sí, la idea de fantasear sobre bebés era muy tentadora. Aunque, en aquel momento, no iba a servirle de mucha ayuda. Moverse le dolía, pero continuar tumbada era imposible. La espalda comenzaba a protestar tras llevar unos minutos en aquella postura de contorsionista. Sería maravilloso que algún héroe acudiera en su ayuda, pero no parecía muy probable. De hecho, era mucho más probable que comenzaran a trepar por ella lombrices de tierra. La imagen de aquellos gusanos deslizándose por su cuerpo fue suficientemente poderosa como para ponerla en acción.

Tomó aire, alzó las piernas y empujó con fuerza.



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