– Gideon, ¿qué…?

– ¡Levinia!, ¿qué diablos pasa aquí?

– ¡Baja la voz, Gideon, que ya me estoy muriendo de vergüenza porque mi propio marido me ha hecho venir aquí, al pasillo de los sirvientes, en medio de una cena formal! Tenemos la biblioteca, el comedor pequeño, en cualquiera de esos podríamos…

– ¡Gano suficiente dinero como para mantener tus vestidos de seda, cremas heladas y dos casas lujosas! ¿También tendré que ocuparme de los criados de cocina?

Dejó la nota en manos de su esposa. Tenía una mancha de frutilla en el borde y cuando trató de soltarla se le quedó pegada en el pulgar.

Levinia se la despegó, la leyó y escuchó que Gideon le decía, con acritud:

– Estaba en mi postre.

Levinia alzó la vista con brusquedad:

– ¿En tu postre? ¡No hablarás en serio, Gideon!

– Te digo que estaba en mi postre y, sin duda, debió de ponerlo alguien de la cocina. La cocina es tu dominio, Levinia. ¿Quién está al mando?

– Yo… pues…

Levinia quedó con la boca abierta.

– La señora Lovik.

La señora Lovik era el ama de llaves, y estaba encargada de contratar tanto al personal de cocina como al de limpieza.

– ¡Se va!

– ¡Pero, Gideon…!

– ¡Y la cocinera también! ¿Cómo se llama?

– Es la señora Schmitt, Gideon, pero…

El hombre ya atravesaba a zancadas el pasillo hacia la cocina, sin dejarle otra alternativa que seguirlo.

– Y también se va el que escribió la nota, sea quien sea. Me cuesta creer que una cocinera o un ama de llaves tengan la temeridad de insinuar que saben cómo ganar una regata que nadie del Club de Yates de White Bear pudo lograr.



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