Abrió de golpe la puerta de la cocina, con Levinia pegada a los talones, y bramé:

– ¡Señora Schmitt! ¿Quién es la señora Schmitt?

De las cuatro personas que había en la cocina, sólo una no se amilané. Gideon clavé la vista al tonto que antes había dejado caer el plato de Levinia.

– ¡Repito! ¿Quién es la señora Schmitt? -vociferé.

Una mujer que tenía la misma forma que el molde para helados, con el rostro rojo como las brasas del hornillo, murmuró:

– Soy yo, señor.

Gideon la traspasé con la mirada:

– ¿Es usted la responsable de esto?

La cocinera enlazó las manos crispadas sobre la parte delantera manchada del delantal, que le llegaba hasta el suelo, y le tembló el gorro blanco, almidonado.

Entonces, habló Jens:

– No, señor, soy yo.

Gideon dirigió la atención al ofensor, y derramé sobre él todo su desdén, durante diez segundos. Luego dijo:

– Harken, ¿verdad?

– Sí, señor.

El joven no tembló ni se amilanó. Se limitó a permanecer allí, de pie, junto al fregadero de zinc, los hombros erguidos y las manos a los lados. El rostro apuesto brillaba de sudor, y le corría un hilo desde la sien derecha hasta la barbilla. Conservaba la mirada franca, tenía ojos azules, cabello rubio, y la cara afeitada, como exigía Levinia de todo el personal masculino de la casa.

– ¡Está despedido! -declaré Gideon-. Reúna sus cosas y márchese de inmediato.

– Está bien. Pero si quiere ganas esa regata, le convendrá escucharme…

– ¡No, usted me escuchará a mí!

Como un relámpago, Gideon cruzó el suelo de baldosas, y apuntó con el índice el pecho de Jens:

– ¡Yo soy el dueño de esta casa, usted trabaja en ella! No debe hablar a menos que se le hable. ¡Tampoco debió avergonzamos a mi esposa y a mí, entregando mensajes en el postre cuando recibimos a la mitad de los residentes del lago White Bear! ¡Y, por cierto, usted no me da consejos a mí acerca del modo de correr carreras de barcos! ¿Ha entendido?



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